jueves, 13 de octubre de 2016

EN EL JARDÍN DEL EDÉN DE LAS MENTES

Desde el punto más romántico de mi vida, soy un tipo harto de lo que me rodea y que al mismo tiempo, ama su entorno. Es un dualismo que se difumina entre sinónimos oblicuos que terminan siendo graciosos. A veces odio pero luego amo mi ciudad, amo que sus alrededores sean tan paisajísticos pero odio que no los cuidemos como se debe, amo que cada espacio obtenga una mística por sí misma, pero odio que no sepamos apreciar colectivamente el tesoro en el que andamos día a día.

Para este texto me preocupe por un sinfín de cosas: la narrativa, las fotos, el estilo, la fundamentación del mensaje, etc. Hablé con mi novia y le mostré la versión 1000 (exagero) de este escrito. Luego del diálogo que sostuve con ella caí en cuenta que había olvidado por completo la razón de este blog: Amar mi capacidad de asombrarme por cada espacio que me encuentra y que anhelo transmitir con esa misma vibra a la persona que me lee.

Por ese motivo, me aventuré a descubrir un lugar que desde hace años estaba a unas cuantas horas de mi casa y al cual nunca había ido, hasta ahora. No era lo que me esperaba, fue mucho mejor. Un espacio hermoso, como cuando cierras los ojos y tus sueños se llenan de luces de todos los colores,  de vibra solemne y de sorpresas inigualables.  Creada en 1950 y reconstruida en 1991, la Catedral de Sal de Zipaquirá evoca dos pilares fundamentales de nuestra identidad colombiana: El tesón por el trabajo y el arraigo directo o indirecto de la religión católica.

Antes de llegar al templo, les recomiendo darse una vuelta por el municipio de Zipaquirá y su plaza principal, apenas para una foto postal de la época colonial. De ahí a la Catedral es muy cerca (sin ignorar la cantidad de escaleras inesperadas que hay que subir).

Una vez estás en la entrada, ves como la naturaleza sin vergüenza bordea con sus plantas verdes y bellas flores, la entrada a un túnel inmenso con ruta aparente a la nada. Se confunde el aroma del rocío en el techo con la esencia del azufre en el vacío. Es una sensación curiosa, pero que invito a que percibas una vez haces la fila de espera porque el recorrido es guiado.

Estando adentro, experimentas el daño que nos ha hecho la luz eléctrica a nuestro proceso evolutivo, porque a medida que vas bajando, la ausencia de iluminación se hace más evidente y consecuencia de ello, es sentir que tu novia te agarra la mano más fuerte, mientras tus pies miden sus pasos, miras al piso con cautela y cuando menos lo piensas, ya te dejaste llevar y estás descendiendo metro a metro por cada estirón que dan tus piernas.

La Catedral está compuesta por el viacrucis de Jesucristo, la iglesia principal y otras alternas que también poseen elementos que te invito a detallar.

¿Alguna vez has tenido la curiosidad de saber que es estar dentro de una obra de arte? Esta es tu oportunidad.  Desde la entrada, debes acordar con tu cerebro que todo lo que se te revele ante tu mirada, será susceptible a la abstracción. Cada estación del viacrucis tiene magia, por favor fíjate en la manera en como está puesta la cruz, el suelo, el techo, la profundidad y si hay, el camino.

Uno de los momentos más emocionantes para mi fue llegar al templo, darme cuenta de lo imponente, lo majestuoso y lo misterioso que es. Si te fijas, arriba pareciera que las texturas de la mina nos ubicara de repente, en el cosmos. Pregunta, ¿cuánto crees que pesa la cruz principal? Respóndeme en los comentarios al final de este blog, mientras tanto, te dejaré con la duda.


Después de visitar la iglesia principal, el templo de la resurrección y la iglesia de las vírgenes donadas por otras iglesias del mundo, hay un espacio comercial en el que podrás encontrar desde venta de esmeraldas, hasta un spa. En medio de este lugar, confieso, me asombré bastante cuando nos ubicaron alrededor de un cercado de guadua. Yo miraba al suelo y solo veía vacío, nada nuevo después de todo lo que vi en el recorrido. Luego, la guía nos pide que soplemos fuerte y ¡oh sorpresa, es un espejo de agua! Y como buen espejismo, caí en la trampa.

Finalmente, el recorrido más bueno de todo el día casi no se da. Con mi novia tuvimos que perdernos, esperar, comer maíz pira en reemplazo del almuerzo, etc. Pero lo logramos.

Vistiendo un casco con linterna, a la merced de la oscuridad, ir agarrado de un desconocido como línea de vida, pasar por caminos angostos hasta de 1 metro de ancho por 1.50 de alto  y aparte tener la misión de recolectar 5 kilos como mínimo para poder cumplir tu labor como minero ejemplar, es parte de la actividad (sé que es un dato que no importa, pero yo no recolecté nada, pero mi novia me salvó de quedarme ahí trabajando toda la noche). Me encantó, por todo lo que contiene y por lo mucho que desaprendí en el recorrido. La sal en la mesa y yo en ella, es la clara muestra de lo flojo y desagradecido que soy. Pero desde ese día reconozco que me doy a la tarea de darle una genealogía a mi vestido, a mi alimento, a mi vida. Por eso el recorrido del minero fue la mejor parte del día.
 

Al final, ya no sentía mis pies, habíamos entrado sobre las 10 am, no almorzamos y ya eran las 6:30 pm. No alcanzamos a detallar todo. Al regreso, en mi cabeza se quedó el pensamiento de incluir esta experiencia en el blog. De manera muy personal, te invito a ti viajero o viajera, que te aventures a descubrir este apasionante espacio en el que tu mente se puede dar el lujo de olvidarse de pensar lo que suele analizar, para enfocarse en soñar con los ojos abiertos.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

De la monotonía al paraíso en una hora

Vivir en una ciudad como Bogotá puede ser abrumador, y no lo digo solo yo que vengo de tierrita caliente y sabrosona, los mismos bogotanos padecen su caos y saturación, en esta ciudad de oportunidades.

Pero así como es de abrumadora, llega al punto de ser un paraíso relajante. Sí, se que paraíso relajante nos remite a sol, playa, brisa y mar, y pues no, tampoco es que nos quede fácil encontrar esas maravillas tan cerquita, pero... y si te digo que a un par de horas sí disfrutarás de agua, naturaleza y una maravillosa vista?


Efectivamente Bogotá está rodeado de montañas, esa misma geografía es la que le permite tener oculta, entre sus curvas, una majestuosa cascada, cubierta por vegetación a la que solo se tiene acceso entre las rocas, la tierra y una larga caminata, pero la verdad, la llegada vale totalmente la pena.
Aproximadamente a 45 km de Bogotá, o sea una hora y 36 minutos (más o menos) en carro y un poquitico más si coges un bus con destino a Choachí que puedes tomar en la Calle 6a con Carrera 14, por tan solo 6 u 8 mil pesos, sí, menos de lo que le cuesta una idita al cine, y créame, será mucho más placentero. 


No es sino que digan al conductor que van a la cascada La Chorrera y listo, él mismo les avisará donde bajarse y a mano izquierda, por un sendero empezará la travesía, que dependiendo del clima iniciará con una linda neblina tan densa que apenas podrás ver tus manos, pero sigue caminado, camina y camina y camina, por alrededor de una hora, pasando por una escuelita, hermosas viviendas con gente amable y siempre dispuesta a orientarte. 


En algún punto de esa larga caminata que en realidad no tiene mayor grado de dificultad, encontrarás la primera cascada, pequeña, helada y majestuosa, si te esfuerzas un poquito puedes alcanzar las gotas del agua mas pura que puedas haber probado. Pero no creas que es el final, sube otro poco, quizá una media hora más, pasando por pequeñas cuevas, piedras y senderos, y llegarás a La Chorrera, una gran cascada, con piedra gigante, a la que podrás subir para que caigan sobre ti algunas de esas frías gotas mientras disfrutas de un paisaje natural como de cuento. 


Sí existen guías que los pueden acompañar en ese recorrido, como a los 40 minutos de iniciar la caminata, encontrarán a su derecha una cabaña, por 10 mil pesos, alguien los acompañará y les contará secretitos del lugar. Para los más guerreros, pueden hacerlo solos. Eso sí, al volver asegúrense de parar en la cabaña, ya que ahí encontrarán otra cascada, con la particularidad de que a través de un puente un poco oculto podrán pasar justo detrás del agua. 


La entrada a esa mágica cascada les cuesta otros 8 mil pesitos, que en realidad, si lo piensas, son usados para preservar el lugar, mantenerlo limpio y tan cuidado como sé que lo encontrarás. Además te dan la entrada a la caída de la cascada, un lugar donde los valientes podrán ahogar sus penas en el agua más fría de todo el viaje. 


Para volver, no es sino hacer el mismo recorrido. Sales caminando por el sendero hasta encontrarte con la carretera, ahí mismo pasan los buses que comunican Choachí con Bogotá y voilà, en un poco más de una hora, vuelves a esta ciudad, llena de sorpresas en cada uno de sus rincones.
Recomendación adicional: si cuentas con bastante tiempo, date el gusto de hablar con los lugareños, fijarte en sus viviendas y en su vida, yo aprendí como pasa un cerdo de andar en sus cuatro patitas a convertirse en tocino por ejemplo.