martes, 3 de enero de 2017

EL POEMA DULCE DE UNA EXPERIENCIA VIVA

Un poema es lo mínimo que te puedo dedicar,
bella tierra.

Después de 7 años logré reencontrarme con el amor a plenitud,
gracias al encanto de tus vientos y la percusión,
fruto de la herencia de un Pacífico inmenso.
Baja de la cordillera tras la helada de sus montañas,
pasando por la mezcla de la caña en campos hirviendo,
una brisa delicada y fresca pasa por mi rostro arrullándolo con ternura,
enalteciendo mi alma que me invita a conocerte más en este valle de sorpresas.

Fueron días de idilio,
te vi de la forma en la que siempre has logrado enamorarme.
Me decían que tuviera cuidado en tu territorio,
que ya no eras la misma.
Hoy confirmo, que las perspectivas dependen de la experiencia subjetiva.
Quienes te tienen miedo, es porque no saben lo que es quedarse un segundo viendo tu cielo,
por algo eres la sucursal.

Quise que me sorprendieras con tus encantos que de niño me hacían llorar cuando debía partir
y no me fallaste.
Llenaste mis días de un suelo de maceta, adornando caminos con manjar blanco y alcanzando
la felicidad al probar un chontaduro.

Encontré la razón. La razón de las gentes que viven aquí.
Se las doy y se las daré hasta el fin de mis días.
Porque el motivo de querer irse no existe,
es porque el tiempo es celoso de ti y
a través de las lunas que vivimos los forasteros, nos reduce la plenitud.

No fue suficiente para mi. Nunca había sentido tanto agradecimiento al sentir las texturas del pandebono en las mañanas.
Te agradezco porque siempre que me atraes, me das todo de ti.
Las personas que me rodearon en tu regazo de días nublados, me recordaron que la vida se vive si se sirve, si se ríe, si se es hogar, si se abraza con el alma, si la ves a ella en la mañana y se atraviesa un pensamiento que diga: "Es tan bella que no puedo creer lo afortunado que soy de estar aquí con ella, de sentirme así".

Tus caminos me llevaron a conocer la parte más felina de ti.
Impregnada en mi boca la esencia de una lulada, me di a la tarea de caminar tu arte
que fluye como el río que atraviesa imponente luego de una gran llovizna,
mientras en tu historia nado profundo.

Viendo el techo de un teatro, recordé lo bello que es desconectarse para mirar el detalle de un instante, plasmado en horas de trabajo. Así como el piso de mosaicos de una de tus iglesias, que me hizo recordar el tiempo que me quedaba viendo los detalles del suelo en la casa de mi abuela.

Tanta belleza me hizo trasladarme a 1787 y lo que pudiste ser en aquella época.
No me cabe dudaque desde tu juventud sigues siendo mística y encantadora,
reflexión que nace mientras perplejo sigo viendo al Señor de la Caña.

Entendí la magia del trapiche,
término que en mi infancia cantaba en silencio durante las verbenas de fin de año que hacían en el barrio de mis tíos,
pero que hasta hoy entendía porque significaba herencia de mis antepasados.

Parte de mi corazón te pertenece,
desde el momento que recibí el abrazo de tus ritmos,
que me enseñaron a bailar y de esas personalidades que con tanta humanidad me reconocieron como parte de ti al llamarme familia.

Lo mínimo que podía dedicarte era un poema, porque es lo único que sé hacer cuando siento amor de verdad. Para ti, Cali, tierra de cholaos y rostros diversos que anuncian felicidad a través de su entonación de esperanza.


Un bello camino en Palmira.


Las vírgenes en la hacienda del Museo de la Caña. Les quitaban las manos cuando se hacía una petición, cuando esta se cumplía, se las ponían nuevamente.



Espejo en la Hacienda El Paraíso - Lugar en el que se lleva a cabo la novela María de Jorge Isaacs.




Hacienda El Paraíso



Mi familia - Oriundos de Yotoko, Valle.


El Gato del Río - Hernando Tejada


Pergamino con un fragmento de La María


Escultura indígena proveniente de Nariño - Significado de hogar, así me sentí cuando fui recibido.


Parte reestructurada de lo que sobrevivió del Señor de la Caña - Iglesia la Ermita, Cali.


Entrada del Edificio de la Compañía Colombiana del Tabaco.



Mosaicos de la Iglesia San Francisco, Cali. Iguales al de la casa de mi abuela.



Techo del Teatro Municipal Enrique Buenaventura. No tenía atención al público, pero nos dejaron entrar. Gracias a Dios porque fue algo que hizo deslumbrar mis sentidos.




jueves, 13 de octubre de 2016

EN EL JARDÍN DEL EDÉN DE LAS MENTES

Desde el punto más romántico de mi vida, soy un tipo harto de lo que me rodea y que al mismo tiempo, ama su entorno. Es un dualismo que se difumina entre sinónimos oblicuos que terminan siendo graciosos. A veces odio pero luego amo mi ciudad, amo que sus alrededores sean tan paisajísticos pero odio que no los cuidemos como se debe, amo que cada espacio obtenga una mística por sí misma, pero odio que no sepamos apreciar colectivamente el tesoro en el que andamos día a día.

Para este texto me preocupe por un sinfín de cosas: la narrativa, las fotos, el estilo, la fundamentación del mensaje, etc. Hablé con mi novia y le mostré la versión 1000 (exagero) de este escrito. Luego del diálogo que sostuve con ella caí en cuenta que había olvidado por completo la razón de este blog: Amar mi capacidad de asombrarme por cada espacio que me encuentra y que anhelo transmitir con esa misma vibra a la persona que me lee.

Por ese motivo, me aventuré a descubrir un lugar que desde hace años estaba a unas cuantas horas de mi casa y al cual nunca había ido, hasta ahora. No era lo que me esperaba, fue mucho mejor. Un espacio hermoso, como cuando cierras los ojos y tus sueños se llenan de luces de todos los colores,  de vibra solemne y de sorpresas inigualables.  Creada en 1950 y reconstruida en 1991, la Catedral de Sal de Zipaquirá evoca dos pilares fundamentales de nuestra identidad colombiana: El tesón por el trabajo y el arraigo directo o indirecto de la religión católica.

Antes de llegar al templo, les recomiendo darse una vuelta por el municipio de Zipaquirá y su plaza principal, apenas para una foto postal de la época colonial. De ahí a la Catedral es muy cerca (sin ignorar la cantidad de escaleras inesperadas que hay que subir).

Una vez estás en la entrada, ves como la naturaleza sin vergüenza bordea con sus plantas verdes y bellas flores, la entrada a un túnel inmenso con ruta aparente a la nada. Se confunde el aroma del rocío en el techo con la esencia del azufre en el vacío. Es una sensación curiosa, pero que invito a que percibas una vez haces la fila de espera porque el recorrido es guiado.

Estando adentro, experimentas el daño que nos ha hecho la luz eléctrica a nuestro proceso evolutivo, porque a medida que vas bajando, la ausencia de iluminación se hace más evidente y consecuencia de ello, es sentir que tu novia te agarra la mano más fuerte, mientras tus pies miden sus pasos, miras al piso con cautela y cuando menos lo piensas, ya te dejaste llevar y estás descendiendo metro a metro por cada estirón que dan tus piernas.

La Catedral está compuesta por el viacrucis de Jesucristo, la iglesia principal y otras alternas que también poseen elementos que te invito a detallar.

¿Alguna vez has tenido la curiosidad de saber que es estar dentro de una obra de arte? Esta es tu oportunidad.  Desde la entrada, debes acordar con tu cerebro que todo lo que se te revele ante tu mirada, será susceptible a la abstracción. Cada estación del viacrucis tiene magia, por favor fíjate en la manera en como está puesta la cruz, el suelo, el techo, la profundidad y si hay, el camino.

Uno de los momentos más emocionantes para mi fue llegar al templo, darme cuenta de lo imponente, lo majestuoso y lo misterioso que es. Si te fijas, arriba pareciera que las texturas de la mina nos ubicara de repente, en el cosmos. Pregunta, ¿cuánto crees que pesa la cruz principal? Respóndeme en los comentarios al final de este blog, mientras tanto, te dejaré con la duda.


Después de visitar la iglesia principal, el templo de la resurrección y la iglesia de las vírgenes donadas por otras iglesias del mundo, hay un espacio comercial en el que podrás encontrar desde venta de esmeraldas, hasta un spa. En medio de este lugar, confieso, me asombré bastante cuando nos ubicaron alrededor de un cercado de guadua. Yo miraba al suelo y solo veía vacío, nada nuevo después de todo lo que vi en el recorrido. Luego, la guía nos pide que soplemos fuerte y ¡oh sorpresa, es un espejo de agua! Y como buen espejismo, caí en la trampa.

Finalmente, el recorrido más bueno de todo el día casi no se da. Con mi novia tuvimos que perdernos, esperar, comer maíz pira en reemplazo del almuerzo, etc. Pero lo logramos.

Vistiendo un casco con linterna, a la merced de la oscuridad, ir agarrado de un desconocido como línea de vida, pasar por caminos angostos hasta de 1 metro de ancho por 1.50 de alto  y aparte tener la misión de recolectar 5 kilos como mínimo para poder cumplir tu labor como minero ejemplar, es parte de la actividad (sé que es un dato que no importa, pero yo no recolecté nada, pero mi novia me salvó de quedarme ahí trabajando toda la noche). Me encantó, por todo lo que contiene y por lo mucho que desaprendí en el recorrido. La sal en la mesa y yo en ella, es la clara muestra de lo flojo y desagradecido que soy. Pero desde ese día reconozco que me doy a la tarea de darle una genealogía a mi vestido, a mi alimento, a mi vida. Por eso el recorrido del minero fue la mejor parte del día.
 

Al final, ya no sentía mis pies, habíamos entrado sobre las 10 am, no almorzamos y ya eran las 6:30 pm. No alcanzamos a detallar todo. Al regreso, en mi cabeza se quedó el pensamiento de incluir esta experiencia en el blog. De manera muy personal, te invito a ti viajero o viajera, que te aventures a descubrir este apasionante espacio en el que tu mente se puede dar el lujo de olvidarse de pensar lo que suele analizar, para enfocarse en soñar con los ojos abiertos.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

De la monotonía al paraíso en una hora

Vivir en una ciudad como Bogotá puede ser abrumador, y no lo digo solo yo que vengo de tierrita caliente y sabrosona, los mismos bogotanos padecen su caos y saturación, en esta ciudad de oportunidades.

Pero así como es de abrumadora, llega al punto de ser un paraíso relajante. Sí, se que paraíso relajante nos remite a sol, playa, brisa y mar, y pues no, tampoco es que nos quede fácil encontrar esas maravillas tan cerquita, pero... y si te digo que a un par de horas sí disfrutarás de agua, naturaleza y una maravillosa vista?


Efectivamente Bogotá está rodeado de montañas, esa misma geografía es la que le permite tener oculta, entre sus curvas, una majestuosa cascada, cubierta por vegetación a la que solo se tiene acceso entre las rocas, la tierra y una larga caminata, pero la verdad, la llegada vale totalmente la pena.
Aproximadamente a 45 km de Bogotá, o sea una hora y 36 minutos (más o menos) en carro y un poquitico más si coges un bus con destino a Choachí que puedes tomar en la Calle 6a con Carrera 14, por tan solo 6 u 8 mil pesos, sí, menos de lo que le cuesta una idita al cine, y créame, será mucho más placentero. 


No es sino que digan al conductor que van a la cascada La Chorrera y listo, él mismo les avisará donde bajarse y a mano izquierda, por un sendero empezará la travesía, que dependiendo del clima iniciará con una linda neblina tan densa que apenas podrás ver tus manos, pero sigue caminado, camina y camina y camina, por alrededor de una hora, pasando por una escuelita, hermosas viviendas con gente amable y siempre dispuesta a orientarte. 


En algún punto de esa larga caminata que en realidad no tiene mayor grado de dificultad, encontrarás la primera cascada, pequeña, helada y majestuosa, si te esfuerzas un poquito puedes alcanzar las gotas del agua mas pura que puedas haber probado. Pero no creas que es el final, sube otro poco, quizá una media hora más, pasando por pequeñas cuevas, piedras y senderos, y llegarás a La Chorrera, una gran cascada, con piedra gigante, a la que podrás subir para que caigan sobre ti algunas de esas frías gotas mientras disfrutas de un paisaje natural como de cuento. 


Sí existen guías que los pueden acompañar en ese recorrido, como a los 40 minutos de iniciar la caminata, encontrarán a su derecha una cabaña, por 10 mil pesos, alguien los acompañará y les contará secretitos del lugar. Para los más guerreros, pueden hacerlo solos. Eso sí, al volver asegúrense de parar en la cabaña, ya que ahí encontrarán otra cascada, con la particularidad de que a través de un puente un poco oculto podrán pasar justo detrás del agua. 


La entrada a esa mágica cascada les cuesta otros 8 mil pesitos, que en realidad, si lo piensas, son usados para preservar el lugar, mantenerlo limpio y tan cuidado como sé que lo encontrarás. Además te dan la entrada a la caída de la cascada, un lugar donde los valientes podrán ahogar sus penas en el agua más fría de todo el viaje. 


Para volver, no es sino hacer el mismo recorrido. Sales caminando por el sendero hasta encontrarte con la carretera, ahí mismo pasan los buses que comunican Choachí con Bogotá y voilà, en un poco más de una hora, vuelves a esta ciudad, llena de sorpresas en cada uno de sus rincones.
Recomendación adicional: si cuentas con bastante tiempo, date el gusto de hablar con los lugareños, fijarte en sus viviendas y en su vida, yo aprendí como pasa un cerdo de andar en sus cuatro patitas a convertirse en tocino por ejemplo.