Desde
el punto más romántico de mi vida, soy un tipo harto de lo que me rodea y que
al mismo tiempo, ama su entorno. Es un dualismo que se difumina entre sinónimos
oblicuos que terminan siendo graciosos. A veces odio pero luego amo mi ciudad,
amo que sus alrededores sean tan paisajísticos pero odio que no los cuidemos
como se debe, amo que cada espacio obtenga una mística por sí misma, pero odio
que no sepamos apreciar colectivamente el tesoro en el que andamos día a día.
Para
este texto me preocupe por un sinfín de cosas: la narrativa, las fotos, el
estilo, la fundamentación del mensaje, etc. Hablé con mi novia y le mostré la
versión 1000 (exagero) de este escrito. Luego del diálogo que sostuve con ella
caí en cuenta que había olvidado por completo la razón de este blog: Amar mi
capacidad de asombrarme por cada espacio que me encuentra y que anhelo
transmitir con esa misma vibra a la persona que me lee.
Por
ese motivo, me aventuré a descubrir un lugar que desde hace años estaba a unas
cuantas horas de mi casa y al cual nunca había ido, hasta ahora. No era lo que
me esperaba, fue mucho mejor. Un espacio hermoso, como cuando cierras los ojos
y tus sueños se llenan de luces de todos los colores, de vibra solemne y de sorpresas
inigualables. Creada en 1950 y
reconstruida en 1991, la Catedral de Sal de Zipaquirá evoca dos pilares
fundamentales de nuestra identidad colombiana: El tesón por el trabajo y el
arraigo directo o indirecto de la religión católica.
Antes
de llegar al templo, les recomiendo darse una vuelta por el municipio de
Zipaquirá y su plaza principal, apenas para una foto postal de la época
colonial. De ahí a la Catedral es muy cerca (sin ignorar la cantidad de
escaleras inesperadas que hay que subir).
Una
vez estás en la entrada, ves como la naturaleza sin vergüenza bordea con sus
plantas verdes y bellas flores, la entrada a un túnel inmenso con ruta aparente
a la nada. Se confunde el aroma del rocío en el techo con la esencia del azufre
en el vacío. Es una sensación curiosa, pero que invito a que percibas una vez
haces la fila de espera porque el recorrido es guiado.
Estando
adentro, experimentas el daño que nos ha hecho la luz eléctrica a nuestro
proceso evolutivo, porque a medida que vas bajando, la ausencia de iluminación
se hace más evidente y consecuencia de ello, es sentir que tu novia te agarra
la mano más fuerte, mientras tus pies miden sus pasos, miras al piso con
cautela y cuando menos lo piensas, ya te dejaste llevar y estás descendiendo
metro a metro por cada estirón que dan tus piernas.
La
Catedral está compuesta por el viacrucis de Jesucristo, la iglesia principal y
otras alternas que también poseen elementos que te invito a detallar.
¿Alguna
vez has tenido la curiosidad de saber que es estar dentro de una obra de arte?
Esta es tu oportunidad. Desde la
entrada, debes acordar con tu cerebro que todo lo que se te revele ante tu
mirada, será susceptible a la abstracción. Cada estación del viacrucis tiene
magia, por favor fíjate en la manera en como está puesta la cruz, el suelo, el
techo, la profundidad y si hay, el camino.
Uno
de los momentos más emocionantes para mi fue llegar al templo, darme cuenta de
lo imponente, lo majestuoso y lo misterioso que es. Si te fijas, arriba
pareciera que las texturas de la mina nos ubicara de repente, en el cosmos.
Pregunta, ¿cuánto crees que pesa la cruz principal? Respóndeme en los
comentarios al final de este blog, mientras tanto, te dejaré con la duda.
Después
de visitar la iglesia principal, el templo de la resurrección y la iglesia de
las vírgenes donadas por otras iglesias del mundo, hay un espacio comercial en
el que podrás encontrar desde venta de esmeraldas, hasta un spa. En medio de
este lugar, confieso, me asombré bastante cuando nos ubicaron alrededor de un
cercado de guadua. Yo miraba al suelo y solo veía vacío, nada nuevo después de
todo lo que vi en el recorrido. Luego, la guía nos pide que soplemos fuerte y
¡oh sorpresa, es un espejo de agua! Y como buen espejismo, caí en la trampa.
Finalmente,
el recorrido más bueno de todo el día casi no se da. Con mi novia tuvimos que
perdernos, esperar, comer maíz pira en reemplazo del almuerzo, etc. Pero lo
logramos.
Vistiendo
un casco con linterna, a la merced de la oscuridad, ir agarrado de un desconocido
como línea de vida, pasar por caminos angostos hasta de 1 metro de ancho por
1.50 de alto y aparte tener la misión de
recolectar 5 kilos como mínimo para poder cumplir tu labor como minero
ejemplar, es parte de la actividad (sé que es un dato que no importa, pero yo
no recolecté nada, pero mi novia me salvó de quedarme ahí trabajando toda la
noche). Me encantó, por todo lo que contiene y por lo mucho que desaprendí en
el recorrido. La sal en la mesa y yo en ella, es la clara muestra de lo flojo y
desagradecido que soy. Pero desde ese día reconozco que me doy a la tarea de
darle una genealogía a mi vestido, a mi alimento, a mi vida. Por eso el
recorrido del minero fue la mejor parte del día.
Al
final, ya no sentía mis pies, habíamos entrado sobre las 10 am, no almorzamos y
ya eran las 6:30 pm. No alcanzamos a detallar todo. Al regreso, en mi cabeza se
quedó el pensamiento de incluir esta experiencia en el blog. De manera muy
personal, te invito a ti viajero o viajera, que te aventures a descubrir este
apasionante espacio en el que tu mente se puede dar el lujo de olvidarse de
pensar lo que suele analizar, para enfocarse en soñar con los ojos abiertos.

